No somos nadie para esos seres vivos que nos esperan volando en círculo. Desde ahí arriba debe de ser placentero desear la comida como si fuese agua de mayo, y cuando hablo de “comida” me refiero a todo lo inmaterial que llevamos dentro. Los buitres nos acechan con pelo en el pecho, pero que mas da! Ya estamos podridos por dentro. Así funcionamos en esta sociedad materialista y sin ganas de vivir. Aquel adolescente que leía cómics de Marvel se hizo mayor y ahora se hace pajas mentales viendo sus películas favoritas. En todas ellas aparece el sueño americano embutido en una gran mansión acristalada y follando desnudo por la gran manzana. Bajo la presión del tiempo nos alimentamos con rabia y culpamos a la gente de no haber conseguido aquella libertad cuajada en Hollywood, así que la consecuencia obliga a buscar el fallo de los demás y claro, cualquier día nos damos cuenta de que el rol convertido en buitre puede estar en manos de un hechicero y hacernos polvo: bienvenido presa fácil.

Las personas limpias de verdad habrán elegido desparasitar el alma y esas mierdas. Los demás ya veremos. Si el gigante carroñero decide sacarnos las tripas es porque desde lejos ya huele a carne podrida: ¡buah que asco! Pero ante el problema inexistente que generamos nosotros y que decidimos que sea válido, preferimos comer de la sopa caducada aunque tengamos que disimular este estado de ánimo a base de disfraces. Da igual corazón, los buitres huelen lo putrefacto igualmente.