Los dedos se encontraban acariciando las precisas teclas pero sin hacer presión con las yemas; la excitación le obligaba a no mantenerse inmóvil, aunque estuviera sentada sobre un punto de apoyo convertido en un pene erecto que pedía gritar bajo una convulsión de diez segundos. No más. Daniela tenía las piernas flexionadas como si se hubieran transformado en unas bisagras recién estrenadas, ya que el sonido que inundaba el auditorio era producido únicamente por las embestidas de Claudio, que en aquellos instantes se debatía si arremeter de verdad y terminar con el ejercicio o intentar simular un chapucero sexo tántrico.

Bajo un mínimo de esfuerzo visualizaremos la situación mentalmente. Un cuadrilátero de 120 metros cuadrados insonorizado por los cuatro costados, haciendo de esas paredes un eco de gemidos brutales, típica melodía de hotel que proviene de las paredes contiguas a tu habitación.  La pareja se encuentra en lo alto del escenario desde hace media hora, Daniela en cuclillas sobre el cuerpo horizontal de Claudio tendido en el suelo. Desnudos por supuesto. Las manos de este levantan el peso que sus músculos pueden, y ella con un elegante saxofón entre las manos intenta hacerlo sonar. Por favor, que no os de miedo acercaros más hacia delante, quiero que veáis el sudor resbalando desde el cuello de la dama hasta las piernas del hombre.  La niebla densa os prohíbe verlo desde la séptima fila. ¡Acercaros más!

Entreabierta aquella boca que no conseguía domesticar los silencios de una escala de Fa, estuvo toda la noche practicando con partitura, y así la fémina se concienció de que la prueba final debería de superarla sin miedos, sin guía, sin manías, sin bombeo de corazón que le hiciera temblar el pulso. La lengua de Daniela acariciaba la lengüeta de la boquilla como si fuese un dedo de chocolate que se mete en tu boca mientras te mira a los ojos. las pupilas de ella habían perdido el norte en lo alto del habitáculo, y cada vez que el suave pene se introducía por completo, sabía que cualquier nota aleatoria que saliese por la campana de instrumento le recordaría para siempre el empotramiento sublime que estaba teniendo por su profesor.

-No creo que lo logres sin tenerlo bien afinado. -dijo Claudio con voz entrecortada y con los ojos casi en blanco.

-Cabrón, no me has dado tiempo a elegir la lengüeta correcta. -respondió ella entre gemidos.

Furiosa por no querer aprobar aquel examen, metió dos dedos suyos la boca hasta dejarlos mojados de saliva, que más tarde bajarían en linea vertical hasta su clítoris. Por momentos la mano izquierda conservaba el saxofón en los labios que se movía también al ritmo de los dos cerdos. El fabricante de notas hacía reflejar en el techo un dorado círculo ovalado, como sinónimo de ser un fantasma que les fuera a regalar el mejor jodido orgasmo de sus putas vidas. Claudio se incorporó como puedo hacia la espalda de ella y con la lengua intentó dibujar las cinco líneas del pentagrama. No pudo. Las embestidas que su pelvis proporcionaba disparaban un “clack, clack, CLACK, CLACK” que imposibilitaban la escucha de la melodía. Un metrónomo hecho placer. Quería acercarse al cuello de ella pero sus muñecas estaban tocadas. Llevaban como diez minutos en esa posición y aún así no tenía intención de amainar el ritmo.

Los dos músicos siempre imaginaron que el final apoteósico de aquella carrera por ser una futura docente llegaría algún día. Se gustaron desde el primer día en el que cruzaron las miradas, las lenguas, las ganas. ¿Quién iba a imaginar que los once años que separaban sus fechas de nacimiento iba a ser un impedimento?

Daniela: 1/02/1975 (Alumna a sentadillas).

Claudio: 06/05/1986 (Profesor que embiste).

Un último esfuerzo se apoderó de él y consiguió que los pezones de este y la espalda de ella se abrazaran. No dejó espacio ninguno entre ambos cuerpos. Milimétrica-mente acercó la boca hasta la oreja derecha de la mujer y susurró sin miedo:

-Hasta lo más chapucero convertido en medias notas es erótico y… me pone tan cachondo joder.

Daniela giró la cabeza a la vez que lo hizo el instrumento. Cuarenta y cinco grados para ser exactos. Con media sonrisa en la boca quitó los labios de la boquilla del saxo, y la punta de su lengua recorrió torpemente toda la comisura de la boca varonil, que de vez en cuando detestaba atinar y ejecutaba pinceladas que llegaban incluso a la nariz. Los cuatro ojos optaron por retroceder en el tiempo y convertirse en cuatro jinetes de un duelo placentero. Se miraban con tanto deseo que la excitación sentida en sus máquinas de follar nunca se volverá a repetir en toda la humanidad. A continuación ella dobló el brazo y la mano abarcó la nuca de Claudio, obligándole a acercar su cabeza todavía más. En el instante en el que el hombre iba a besarla lascivamente, Daniela le ofreció el saxofón por la punta y este se metió a la boca. Maldito trueque y beso fallido. No hubo nota musical que saliese sana y salva del instrumento. Las caderas de ella comenzaron a romper el ritmo que anteriormente solo era en vertical. Cuando su culo se apoyaba en la pelvis del macho, con ayuda de las caderas describía un movimiento circular. Así cada embestida. Se avecinaba un orgasmo. No había tiempo para discriminar ningún golpe de aquella penetración fálica. La pareja sabía que se iban correr a lo grande, y que solo de esa manera los espectadores imaginarios de la última fila visualizarían la escena con todo detalle.

Ella comenzó a sonreír bajo un hilo de voz a trozos. La sensación de sumisión musical llevada a cabo por sus caderas le producía un enorme estado mental de locura. Los dos oídos femeninos que seguían escuchando como el saxofón se quejaba, intuían que el plan saldría a la perfección. Con la ayuda de sus cómplices piernas su cuerpo empezó a botar sobre el falo chorreante de Claudio. Después de cuarenta segundos su cuerpo alzó el vuelo.

-Sigue nena, no pares. -le suplicó él.

-No… no hasta que seas tú el culpable de tenerlo desafinado.

Fdo: Erick Amado.