Sentado en la silla me convertí en un muñeco de cera, en un maniquí viviente que a día de hoy tampoco le hace ascos a los dedos que se entrelazan en mi pelo. Un número más. Los pies estaban lejos de llegar al suelo pero no me importaba una mierda, porque el placer que voy a describir a continuación nunca podrá compararse al de un orgasmo de diez minutos seguidos. Hubiera subido miles de veces a ese trono con los ojos vendados. Creerme, se lo que se siente. Estar allí sentado y conseguir el estado de nirvana en toda su plenitud no es algo que ocurra todos los días. Las peluquerías en su justa medida me producen bienestar, que es como entrar a la consulta de la pediatra con trece años y que al chico se le ponga dura.

-El niño no come mucho últimamente. -dijo la madre.

-¿Pero caga? -preguntó la doctora.

-Si.

-Pues si caga es que come. -dijo mientras observaba el miembro infantil en estado de combustión.

Soy de los tipos que piensa que el habitáculo donde cortan el pelo puede crear múltiples sensaciones y perspectivas. Por ejemplo, para un amante del suspense puede llegar a imaginarse unas tijeras que rebanan su cabeza, a un profesional del corte irse de sus cabales. <<¿Y si al barbero se le va la olla?, para eso no voy a pagar 10 pavos>>. Para mi es toda una fortuna tener a una peluquera fetén debajo de mi morada, pero para la otra mayoría de los humanoides, un salón de belleza solo sirve para repasar las últimas noticias del vecindario. Ya ves! así de triste esperan su turno. <<No se lo digas a nadie, pero el frutero ya no está con la periodista. Menudo guarro, dicen que un día le pillaron tocándose la cuqueta con los pantalones abajo y dentro de un ascensor. ¡Ayyy por dios… solo de pensar en los niños! >>.

En mi caso nunca hablo con un/una peluquera más de la cuenta, y no porque sea poco hablador, si no porque el tacto de sus yemas en mi cabeza me dejan anestesiado. Puros masajes coño. Manejan sus manos al antojo de su cerebro. Magia en los pulgares.

¿Qué corte de pelo te hago? -preguntó la profesional del cuero cabelludo.

-Como lo llevo ahora, pero el flequillo más corto. -dije balbuceando.

-A ti te quedaría bien muy rapado por los lados y el flequillo de lado. Pero no me hagas caso, solo es una percepción mía. Además, con la barba tan perfilada que tienes vas a enamorar a cualquier mujer. -me dijo.

-A nadie le amarga un dulce pero a mi me incomoda. Mi madre me llama guapo aunque yo vaya por la calle con un cartel rotulado que pone “feo a propósito”. -le contesté.

Las peluqueras es lo que tienen, adulan tanto a la perfección que sales por la puerta gritando la frase de George Clooney como en el anuncio de Nespresso:  what else?.

Muchas veces me hago pajas mentales imaginándome que soy un actor de las altas esferas y la peluquería habitual en realidad es un cómodo camerino, y que en el mismo espejo situado en frente de mí dispone de un montón de luces por todo su perímetro, con esas bombillas típicas e incandescentes que ahora están prohibidas.

-¿Te gusta como te lo estoy dejando? -preguntó la peluquera.

-Claro, está perfecto. Gracias. -dije sin titubear.

-Mira que contigo me estoy esmerando muchísimo, ¿he? -dijo ella con una carcajada a media asta.

-Se agradece, pero no te preocupes tanto mujer. Total, de aquí me voy a trabajar. Gracias de todas formas. -dije devolviendo el cumplido.

-Pues mira que si yo tuviera un compañero así… -dijo.

Simulé estar muerto y sin tener la necesidad de que alguien me salvara mediante el boca a boca. Catorce segundos después todavía seguía sentado en la silla sin vocalizar, mirándome al espejo, mientras la memoria y mi negación echaban cuentas sobre el paso del tiempo. El muy hijo de perra nos castiga a los dos por igual. Creo que la próxima vez que vuelva allí le pediré una copa de ginebra y un par de cigarros. Quiero jugármela y ver la llama del mechero y al pelo danzar bailar pegados de Sergio Dalma. Dinamita para los fetichistas.

-Ya está bien así, no te molestes más. -dije de un sobresalto.

-No tengas prisa, ya queda poco. Unos retoques y listo. -volvió a contestarme.

Diez minutos después me estaba mordiendo las uñas. Como broma ya estaba bien pero como masaje, brutal y reconfortante. Mi estado nervioso habitual hizo que me levantara de la silla y en ese momento noté como la afilada cuchilla se introdujo en mi piel. Quedé callado y a la espera de alguna noticia.

-Dios mío perdóname, voy a por una tirita. Pero tranquilo que no sale casi sangre. -dijo asustada la peluquera.

Manteniendo la mirada hacia el suelo escuché el sonido de un viejo cajón abrirse. Las bisagras tenían artrosis. A través del espejo solo podía ver la mano femenina como se apoyaba en el armario. De reojo abarqué a ver los dedos separados y la muñeca elevada. El nerviosismo se palpaba en el ambiente. A los pocos segundos de aquel atropello doméstico la mujer consiguió quitar la envoltura a una tirita. Sus dedos tiritaban y yo era un títere. Colocó el apósito y el silencio se apoderó de nosotros. Nunca le pregunté que es lo que hizo con su boca en mi nuca, pero una sensación de alivio congeló mi ser. Os aseguro que noté su lengua recorrer el contorno de la tirita. Más tarde sacó de su bolsillo un objeto alargado he hizo presión para asegurar que la vacuna no se despegara de la piel.

-Ya está. Lo siento mucho de verdad, nunca me ha pasado esto. A parte de no cobrarte el corte de pelo voy a regalarte un bono para que vengas cinco veces sin tener que pagar. No sale sangre así que esta noche puedes quitarte la tirita. Eso sí, hazlo con cuidado para no arrancarte algún pelo. Mañana cuando te levantes no se verá nada. Es poquito. Espero no haber perdido un cliente… joder no se cómo ha pasado. -dijo la peluquera sin mirarme a los ojos.

-Tranquila, muy amable de verdad. Esto le puede pasar a cualquiera. -le contesté con voz tranquilizadora.

Me levanté de la silla, me puse la cazadora de cuero, y tras dos besos de rigor a la encantadora mujer me marché por la puerta, no sin antes memorizar la sonrisa picarona que esta vez me regaló de forma tajante. Haciendo caso a su consejo, por la noche retiré con cuidado el apósito. La sorpresa llegó cuando vi un número de teléfono escrito a lo largo de ella.

Un profesional no sólo sabe hacer bien su trabajo, sabe a la vez hacerlo mal y que parezca una simple acción fortuita.