Sentada a setenta y dos metros con diez centímetros del suelo se encontraba mirando las imperfecciones de los edificios, fuerte pero vulnerable, serena pero en alerta. Marina hacía veinte minutos que tenía colocado el culo sobre la fría barandilla de la azotea. No tenía miedo. Se preguntaba por qué tenía que dejar ahora aquello que tanto le había hecho disfrutar, y miraba hacia abajo como aquella águila que desea alimentar a sus crías pero no tiene la presa a su alcance. Sin gafas ni lentillas abusó segundo tras segundo de vislumbrar la ciudad con su peculiar astigmatismo. Pasaron como unos tres minutos hasta que la novena sinfonía de la rueda metálica sonó, y de esta manera pudo encenderse el cigarrillo. ¡Chac, chac! Anteriormente había estado probando de mil maneras y con diferentes posiciones. Nada de nada. La victoria solo llegó cuando introdujo el cigarro de manera semi vertical por dentro del cuello de la camiseta, pues solo de esta forma la tela hizo de parapeto y tras el chasquido se hizo la luz… la llama, la entrada triunfal del convencimiento. Entre vaivenes de tobillos pegaba las caladas como si fuesen pasos agigantados, ya que Marina no iba a gastar su dinero para que el frío viento fumara de gratis. A costa de ella por supuesto que no. Ne pa possible.

Su pierna derecha dibujaba círculos en el aire y el humo en descenso que salía por la comisura de los labios fabricaba una aro grisáceo envolviendo a los transeúntes. La posición era incómoda pero tenía calculados los espacios a la perfección, formando órbitas con el talón y dejando que la punta del pie recayera sobre los clientes que salían del Starbucks. Marina estaba convencida que se trataba de algún ritual de antaño, inventado en aquel mismo momento, un vudú particular que le serviría para acabar con la maldición que le había llevado a sentarse en aquella azotea.

Antes de subir a la terraza prometió que el plan memorizado se llevaría a cabo una vez se encendiera la primera luz de la ciudad. Como un jodido toque de queda que nos invita al fin de la humanidad, y aún con todo previsto unas horas antes nunca se hizo a la idea de que esta vez si que sería la definitiva, el ultimátum. Metió los dedos índice y corazón dentro del bolsillo para hacer la pinza y coger el mechero, después le dio a la ruleta de la suerte y gastó el poco gas que le quedaba dentro. Por momentos pensó en tirarlo al vació pero ¡qué ostias!, si no hay combustible no hay explosión ni pasión, ni nada que merezca más la pena para volver a fumar.

Desde hoy prometo que en el planeta rojo ya no se verán cigarros asomar por la cajetilla de tabaco. No más.

Fdo: Erick Amado.

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