Sentado en la silla me enciendo un cigarro. Mientras tanto, el humo escala por una pared vertical llamada aire. Silencio. No oigo nada. Ni yo, ni un músico con un oído absoluto. A intervalos de tiempo se escucha el suave chasquido del tabaco en combustión. Respiro profundamente y pienso que necesito un alma caritativa que me ayude con la tarea pesada. Yo solo no puedo, pienso. Al fin y al cabo, tengo que recoger los frutos que he sembrado… favores, rectifico, miles de favores. Para un tipo que no espera nada, en su diccionario no existe la palabra trueque. Soy de esa gente que no le da valor al dinero, porque cuando de verdad estás frente a un problema solo unas pocas amígdalas son las únicas que pueden atraer un mapa de instrucciones.

 

¿Dónde está la línea de corte?

¿Cuándo podré decir basta, y que basta sea el botón que active los premios?

 

Con esta premisa expuesta anteriormente debería de entrar a una tienda de informática.

-Buenos días, ¿qué desea? -preguntaría el empleado.

-Una batería de repuesto para mi móvil. La que llevo funciona bien pero desde hace unos años tengo que controlar que no se agote. Imagínate si se llegara a apagar: muerte espantosa y sin dejar rastro. -dirían mis labios.

-Jeje es lo normal en estos tiempos. Si quieres tengo estas baterías externas que acaban de revolucionar el mercado. Simplemente has de cargarlas con el mismo cargador de tu móvil y en el momento que quieras la conectas. Digamos que es un salvavidas para el teléfono. -explicaría el experto en electrónica.

-Dame una caja entera. -volvería a decir yo.

-¿Una caja? Ni que fueran preservativos. -me recriminaría él.

-¿He dicho en algún momento que la batería fuera para un móvil?

Las pupilas del mozo de cuadra comenzarían a cortocircuitarse. Su mano se deslizaría lentamente hacia detrás del mostrador. Por un momento yo creería que el chico podría estar cogiendo una 9mm y estaría a punto de volarme los sesos. A continuación mi cadera haría un giro de 45 grados y apoyaría el codo sobre el mostrador, adoptando la típica pose de bebedor habitual. Me imagino ahora a un transeúnte visualizar la trama desde el escaparate, entrar a la tienda y colocarme un Marlboro entre los dientes. ¿Qué pensaría el dependiente? Me daría igual, yo a lo mío. Con la mirada desnudaría todas las cajas que hubiera en el escaparate y estanterías. En aquella tienda no se venderían teléfonos móviles, si no sueños.

 

¿El sueño de tu vida por sólo 499€?.

 

Después de leer el eslogan de párvulos perpetuaría un simulacro en el mostrador., un amago de levantar el puño y arremeter contra el mostrador. Después darme la vuelta y decir:

-¿Cómo que el sueño de mi vida por 499 euros?, ¡el sueño de mi vida es entrar a una puta tienda con una bolsa llena de tachas y clavarlas por todo el mostrador! -susurraría yo.

-Perdona, creo que no te he entendido bien, ¿has dicho una caja de baterías externas? -me diría tiritando el dependiente.

-Si, eso es. -contestaría arrogante pero a salvo.

-Si son para después venderlas puedo hacerte una ficha como mayorista. -preguntaría nuevamente.

-No son para venderlas, son para mi. -diría mi boca.

-¿Y para qué quieres tantas unidades?

-Para mi cerebro. -contestaría con una sonrisa floja.

-¿Me tomas el pelo?

-Si fueras un farmacéutico no preguntarías por las cantidades. Qué más da una aspirina que doscientas. Dinero en mano, a la bolsa y cobradas, ¿verdad? Entonces tu razonamiento se basa en el ¿para qué? y no en el que. Lo normal de una aspirina es para calmar el dolor; lo normal de una batería es para mantener algo con vida. -refutaría yo.

-Si, pero no es lo mismo veinticuatro aspirinas que veinticuatro baterías para móvil. -volvería a contestarme él.

-¿Alguna vez has funcionado como un colador ajeno? Yo si. Desde hace un tiempo las personas cercanas a mí me utilizan como parapeto. Si quieres vuelvo a entrar por la puerta y cambio el eslogan que tienes en la vitrina, el sueño de canjear favores por 499 €. Un día cualquiera soy la navaja suiza, una esponja de problemas, el manojo de llaves de un carcelero, la empatía de una resaca o los créditos de la película alguien voló sobre el nido del cuco. En ocasiones desearía no saber hacer nada con mis manos. Literalmente chaval. Bendita sordera si la tuviera, o no. Cada batería de estas hace que me mantenga de pie, porque sin pedir nada a cambio compadezco con todos. Mírame a los ojos y repite conmigo: ¡Hombres del frac, os espero!

Anuncios