Ser una persona ordenada siempre fue una tarea pendiente para Valentín, aunque en su desorden afloraba el mismo sistema que la empresa Amazón usa para el empaquetado de sus productos. Desde la cama le bastaba con descolgar el brazo perpendicularmente y tenía a su disposición siempre un cargador de móvil, toallitas para bebé, alguna lata de Coca Cola sin empezar, Ibuprofenos y paquetes de clínex por un tubo. Tal cual. El soltero de 40 años poseía una memoria tan prodigiosa que era capaz de acordarse de cada uno de los cumpleaños que le habían citado a lo largo de su vida. Mister cerebro andante trabajó como locutor de radio en una productora local a las afueras de la ciudad hasta que un día la muerte de su madre le dejó sin habla. No literalmente pero si para andar constantemente balbuceando sobre un recording de cuñas publicitarias. Aquella situación le obligó a jubilar los micrófonos y cambiar los horarios aleatorios de madrugada por una furgoneta de repartos.

Valentín se encontraba cómodo con su nueva rutina por que de alguna manera su proeza encajaba al milímetro en la empresa de paquetería a domicilio. En cada jornada laboral siempre dejaba los bultos a sus clientes a la hora indicada. Es importante citar este dato sabiendo que no llegó a usar nunca sistema de gps ni bolígrafos. El cerebro del hombre funcionaba cual disco duro de espacio ilimitado y gobernado por un ordenador cuántico. Un tipo que se acordaba de cualquier dato aunque fuese algo pasajero era motivo de rifa entre las mejores empresas del país. Solía engullír por ejemplo todas las fechas de caducidad que se encontraban en las lineas de caja de los supermercados. Cualquiera que haya visitado su casa tendrá constancia de la carencia en esta de calendarios, agendas, pos-it o anotaciones. Todo estaba en su prodigioso cerebro.

El horario de Valentín era siempre el mismo, de 09:00 hasta las 16:00, y esto le permitía tener una tarde vacía para hacer lo que le viniera en gana. Muchas de ellas paseaba por los centros comerciales y lugares de ocio donde saciaba su manía impulsiva por las compras. Era consumidor habitual de perfumes y otras mierdas con las que perfeccionaba su cutis, es más, le importaba tres pares de narices que luego la apariencia no concordara con el estilo de vida tan desastroso.

Un día se levantó con la idea de ir al dentista para poner apunto la maquinaria de triturar alimentos, y mientras saboreaba el desayuno copioso escarbó entre las células cerebrales los números que anteriormente había grabado. Al terminar las dos tazas de cereales y el medio litro de leche se dirigió al teléfono que se encontraba al lado de la puerta de entrada. Descolgó y marcó de un tirón los nueve dígitos.

-Clínica dental Marciana, dígame!

-Hola, me gustaría pedir cita para revisarme la boca. -respondió Valentín.

-Hoy a las seis y media, ¿le viene bien? -dijo la recepcionista.

-Como anillo al dedo. -contestó él.

Nuestro galán ya estaba imaginandose el marfil reluciente asomar en cada sonrisa. Cogió la cazadora del perchero y salió a la calle. Desde su casa hasta el dentista no paró de fijarse en las bocas de los transeúntes. Si supieran en aquella clínica que este hombre había memorizado sin querer todos los incisivos carentes de salud le hubieran contratado como inspector dental. Media hora después de echar el cerrojo de su casa se sentó en la silla para empezar el repaso bucal.

Valentín no es diferente que cualquier persona de este mundo. Todos los aspectos que dan fortaleza a un hombre o una mujer se arrancan de cuajo cuando olemos el ambiente de una sala de estar de cualquier clínica. Sabemos que nunca va a ocurrir nada malo porque confiamos en el pulso de la persona que lleva los instrumentos quirúrgicos, pero por alguna razón las piernas nos empiezan a temblar en el mismo instante que traspasamos su puerta. Sentados en los sofás o sillas miramos con empatía a las demás personas que se encuentran esperando, como si fueran carne de cañón y no tuvieran oportunidad de salir con vida de allí.

El dentista ordenó a nuestro hombre que abriese la boca y a continuación introdujo una especie de sonda envuelta en plástico delgado. Valentín obedeció las órdenes mientras contaba las gotas que decoraban el estucado del techo. Sus piernas parecieron estar encajadas sobre una máquina desfibriladora hasta que el odontólogo encendió el foco de leds. Las moléculas de luz atravesaron el iris del paciente y estas le produjeron un alivio descomunal. Doctor Marcus percibió la reacción que su paciente sufrió cuando le dio al interruptor.

-¿Se encuentra bien? -preguntó.

Diez segundos pasaron hasta escuchar la respuesta. Por momentos los ojos del dentista no dejaron de mirar los del hombre tumbado en la camilla que, temía por momentos que le hubiera dado algún tipo de micro infarto o se encontrara echando la siesta.

-Si si! No se preocupe. – respondió Valentín.

Tras la inspección bucal el doctor observó con detenimiento los resultados de la radiografía, explicándole que sus dientes se encontraban en perfectas condiciones.

-Usted posee una salud de hierro. No tiene ninguna caries ni restos de sarro que limpiar. Si que le recomiendo hacer una revisión cada año. Ya sabe que al pasar los treinta años es cuando se empieza a deteriorar la boca.

-Tengo cuarenta.

-¿Nos vemos entonces cuando llegue a los cuarente y un años? – dejó caer Marcus.

-Si por favor. Anótelo en la agenda. -dijo Valentín.

-De acuerdo. La consulta de hoy tiene un coste de cincuenta y siete euros. Mi compañera a la salida puede cobrarle en efectivo o por tarjeta. Que tenga un buen día. -dijo el dentista.

-Muchas gracias.

Valentín cogió las pertenencias que había dejado en la silla y se dirigió hacia el recibidor de la clínica. Sacó la cartera de cuero e instantáneamente le dijo a la recepcionista.

-¿Qué le debo?

-Pues cincuenta y siete euros por favor. -respondió ella.

Asintiendo con la cabeza deslizó uno de los verdes sobre el mostrador. La chica lo cogió y lo metió en un cajón. Mientras contaba las monedas y billetes para la devolución, el cuarentón preguntó:

-¿Puede darme hora para mañana?

-Por supuesto, emmm ¿empaste, extracción de una muela, limpieza? – dijo la mujer.

-Limpieza si. -contestó Valentín.

-Mañana a las 19:15. -volvió a decir ella.

-Puntual estaré. Gracias.

Con una sonrisa bajo el brazo nuestro hombre salió por la puerta y se dirigió hasta la primer cafetería que encontró a mano. Su felicidad se percibía a leguas. Mientras se estaba tomando un cortado descafeinado le dio por recordar aquel haz de luz blanco. Después de haber gastado cinco minutos para vaciar el vaso, salió a la calle como una bala en busca de una ferretería. Los brazos se apoyaron sobre el mostrador y le preguntó al dependiente.

-¿Ustedes tienen lámparas de led? -dijo.

-Si claro, normalmente en stock tenemos las clásicas que se ponen en los escritorios de estudiantes, si busca algo más profesional y de más potencia tiene que ser por catálogo. -explicó el ferretero.

-Quiero una similar a las que tienen las clínicas dentales. -contestó Valentín.

-Me temo que de ese tipo no puede ser. La luz que emiten suelen ser especiales, aunque si quiere probar y simular la potencia yo le puedo vender cuatro de la gama superior. Le aseguro que el total de watios si que equivaldría a la de un dentista. -sugerió el dependiente.

-Deme las que crea convenientes.

Nada más salir con una bolsa llena de cachibaches se fue sin entretenerse a su casa. Vació las lámparas sobre la cama del dormitorio y las colocó de tal forma que la luz iluminara el cabecero. Cerró las dos ventanas y la puerta para que toda la habitación quedara a oscuras. Se quitó los zapatos y dejó el cuerpo en posición horizontal. Valentín estuvo así una media hora observando los focos. La operación la repitió dos veces más, una mientras se calentó la pizza y otra antes de dormir. A la mañana cuando se despertó alzó una mano con la suficientemente fuerza para que de una embestida golpeara las lámparas y las dejara hechas añicos por todo el suelo.

19:15 Valentín tocó el timbre. La recepcionista le atenció amablemente y pasó al cuarto de espera. La pierna derecha del hombre empezó a temblar a un ritmo constante, como si un músico que controla el tiempo se hubiese reencarnado en su fémur.

-Ya puede pasar a adentro. -dijo la chica.

El dentista al ver el estado de ansiedad del paciente sus alarmas sensoriales se activaron y percibió que algo no anda correctamente en su cabeza.

-Muy buenas. No recuerdo haberle dado cita. -dijo asustado el licenciado.

-No. Ya se que tengo la boca en perfectas condiciones, solo quería que me hiciera un favor si es posible. Déjeme unos minutos tumbado en la silla con el foco de leds encendido. -contestó Valentín.

Las pestañas del odontólogo se quedaron muertas. Deprisa y como pudo encendió el foco y cerró la puerta al salir. A continuación se dirigió para hablar con su empleada.

-Llama enseguida a la policía. Este hombre no está bien. Acaba de pedirme que encienda los focos.

-¿Quéééééé? -respodió ella.

-Ha dicho que solo estaría unos minutos tumbado en la camilla mirando la luz. -dijo el dentista.

-Vaya tela! Enseguida llamo.

Marcó en el teléfono la secuencia de números y en unos minutos dos agentes de la policía municipal asomaron las piernas sin titubear.

-Al final del pasillo a la derecha. -dijo el dentista.

Los dos hombres fueron hasta la sala de operaciones y encontraron al hombre tumbado en la camilla… llorando cual bebé. Como pudieron lo levantaron y arrastras lo sacaron de la clínica. La sonrisa de Valentín no desapareció en ningún momento.

Una hora más tarde salió sereno y sin remordimiento de la comisaría central. No había hecho nada grabe, nadie puede poner una multa a una persona por pedir a un dentista que le deje unos minutos de meditación. Nuestro cuarentón entró a una cafetería que se encontraba justo en frente y pidió su correspondiente cortado descafeinado y una hoja en blanco. Sacó un bolígrafo del bolsillo de la camisa y escribió una nota que posteriormente dejaría en el buzón del doctor Marcus.

 

Doctor, tengo una memoria prodigiosa. La luz de su lámpara hizo que recordara los instantes posteriores al parto y pudiera ver de nuevo a mi madre sonreír.

Escrito por: Erick Amado.