Suelo ser persona puntual y mi estómago es el reloj que me avisa de ello. Mi manera de ver los pequeños detalles hacen que no regente siempre el mismo bar. Alguien dijo cercano a mi dijo: la rutina se ve viciada por los colores de una misma pared. En mi interior las saetas de un reloj tienen que frenarse en los horarios llenos de placer.

Todos los días a las diez en punto de la mañana investigo las afueras del antro donde voy a degustar el almuerzo. Soy el mismo tipo que sale en las películas y estudia a conciencia las diferentes vías de escape. Aquella mañana no fue de otra forma. Fiel a mi costumbre entré al cuarto de aseo comunitario para limpiarme las manos y hacer mis necesidades. Después de orinar traté de tirar la cadena pero no funcionó. Un kilo de papel atascaba el desagüe y eso imposibilitaba el ahorro de minutos para mi banquete. Un momento de rabia se apoderó de mi.

-Mierda de váter coño! -dije con voz de adolescente sin smartphone.

-He! No digas eso. -se escuchó dentro del habitáculo.

Giré la cabeza como la niña del exorcista para auto convencerme de que nadie más había entrado por la puerta. No se si fruto de la paranoia por el control del tiempo, pero os prometo que aquella pieza de cerámica me contestó. Dejó mis sensores sin alimento.

-He visto tantas personas rezarme de rodillas que podría escribir un libro como si fuese una tesis doctoral, ¿cómo vomitar y no agonizar en el intento?. Lo que yo he vivido os dejaría secuelas de por vida, directos a una habitación completamente insonorizada para arrepentiros de vuestros actos, todo eso mientras escucháis el sonido de la sangre recorrer vuestras venas. Mi cuerpo ha soportado la suma de millones de kilos sobre mi, desde abogados hasta mendigos. ¿Sabes? -dijo el wc.

-¿Dime?- contesté atónito.

– Cada vez que abandonáis el excusado dejáis lineas de carencia como personas. El papel por el suelo y la lluvia de vuestra vejiga os delatan. Os vais a casa con la misma educación. Entrada y salida. Hasta las ratas os podrían dar clases magistrales de saber estar. La mujer a la que acabas de saludar en la mesa nueve el año pasado abortó sobre mis caderas. Si supieras las lágrimas que escupían su ojos seguramente le meterías dos tiros al macho ibérico que se la folló a pelo, en este mismo inodoro, y todo por un exceso de barbitúricos. Estaban en otra jodida órbita. Hace justo dos días el bulling obligó a una chica de 13 años vomitar para no engordar. Se lo perdoné. También perdonaré a la limpiadora que fregó las gotas de sangre y tiró la cuchilla la basura. Ese hombre quiso quitarse la vida. El banco le aprieta el cinturón. ¿Quieres más? Llevo contadas 1361 rayas de cocaína, 200 condones rotos, mamadas de ensueño, adolescentes sentadas en pleno berrinche, decenas de cultos al onanismo, tríos, llamadas perdidas, portazos, pintalabios rotos, cordones de zapatos colgados en la ventana, carcajadas, personas fuera de lugar hablando solas. Si, a veces he acabado ciego, mucha es la droga que habéis tirado por mi tráquea para esquivar la cárcel. Aún con todo lo vivido no juzgo a nadie. Seguramente cuando salgas de esta pocilga entrará otra persona para vomitar. Sus amigos le habrán estado obligando a beberse la última copa con un buen par de huevos. Ya te contaré. Por cierto, antes de cruzar la puerta te pido limpieza, porque en unos minutos tendré otra experiencia para memorizar.

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