Formamos parte de una selección natural privilegiada y astuta, creemos tener el poder de autocontrol sobre cualquier elemento palpable y tangible, pero pasamos por alto que el gran ojo que rige nuestro universo hizo una criba bajo los efectos de un alcohol volátil. Las marionetas de carne y hueso que participamos obligatoriamente en la separación íbamos cayendo con nuestros respectivos documentos de identidad. A todos nos hicieron marcas invisibles nada más nacer… a todos menos a los idiotas.

Hace años que quise regalar un ramo de flores al idiota que se equivocó de nombre, y que gracias a su estúpida memoria mi abuelo no estuvo en la lista de espera para ser ejecutado. El muy idiota metió los pantalones a lavar con el catálogo escrito a mano. Dos años después acabó abrazando al operario que nunca hacía bien su trabajo, por fabricar unas decenas de cajas de condones defectuosas. ¡Bienvenido al mundo hijo! Gracias a ese idiota me estás leyendo.

Por idiota no pude despedirme de algún que otro familiar ni aprobar aquella oposición, aunque el suspenso de Julio César me sirviera para montar mi propia empresa. Un lustro después terminé contratando al idiota que dijo no llevarse bien con su padre. ¿Quien iba a saber que su hijo estaba buscando trabajo? ¿Quien iba a predecir que por idiota me chocaría de frente con una chica y terminara sintiendo el primer beso con lengua?

Le han llamado idiota al que nunca trabajó a dedo, al francotirador que está salvando vidas porque siempre se deja el pestillo de seguridad accionado, al que inventó los turnos de guardia y nos sirviera para comprar la pastilla del día después. Le han llamado, me llaman y a ti te llamarán idiota.

Escrito por Erick Amado.