Erick combate todos los días con muchas de sus adicciones. De alguna manera nunca desea ponerle el punto y final. Todas y cada una de ellas forman una espiral viciosa que se retroalimentan de si mismas. La música, la ausencia de los besos franceses, la búsqueda de textos y los manjares. Los cuatro jinetes del apocalipsis plantaron la semilla a la edad de veinte años. Ahora tiene treinta y tantos. Erick habla sin rodeos. El encapuchado malhablado dispone de un diccionario lleno de arcadas malsonantes y lo usa a su antojo, le saca jugo cada media hora como si fuera un pájaro controlando el aire que recogen sus alas. En la mayoría de las ocasiones provoca irritaciones en el estómago de luciérnagas expertas, esas que brillan por encima de la media. Su ex pareja siempre le decía que tenía que moderar la conducta, porque en una comida donde la gente mea colonia tiene un status no podría recurrir a su particular dialecto. Y si, ser maleducado cuando se habla no es una virtud, independientemente de la educación que le hayan dado al individuo o del peso de sus cuentas bancarias. Ahora centrémonos en que Erick habla menos de lo que observa… pero ojo como habla. Siempre añoró ser una réplica de Batman, recorrer los distintos tejados en busca de su Cat, su secreto oscuro y erótico.

Recuerdo la noche en la que el zagal y su pareja habían salido a coquetear con el alcohol. Las medias copas hicieron su efecto y al volver a su guarida sucedió lo siguiente:

-Cielo, ¿no crees  que Mónica y Manual están continuamente dándose cariño?

-¿Y? -contestó él.

-No se! En público tienes que estirar de la soga. No puedes meterle mano mientras en frente hay gente llevándose comida a la boca. -dijo su chica.

-Ese es el problema. -contestó Erick.

-¿Qué problema? -replicó ella.

-Mi trabajo de comercial me está proporcionando la oportunidad de conocer mucha gente. He pateado más aceras que cualquier indigente, con todos mis respetos. Ya te digo que se han perdido hace años los modales que yo considero seductores y que mantienen la llama del deseo. ¿Dónde quedan aquellos pies descalzos sobre la entrepierna?, ¿y qué me dices de los besos a bocajarro mientras se acompañan al baño? Ahora las parejas parecen amigos, puras amistades de quinceañeros que hasta les da vergüenza insinuarse que quieren comerse en mitad de todos los asistentes. La media de esta sociedad se declara en suspenso.

-A veces parece que creciste en los años 60. -contestó ella.

-Puede ser corazón. -sonrió Erick.

Toda la conversación sucedió mientras el protagonista abría la puerta. Una vez terminó de sonar el eco que la madera dejaba por todo el pasillo, la rodilla de su ex hizo de palanca entre sus piernas. Por detrás. Sus manos abarcaron el pecho del hombre y se produjo una llamada de auxilio.

-Recuérdame de que pasta está hecho tu diccionario. – le susurró ella.

Erick se dio la vuelta y con la mano inclinada agarró su mejilla. El tacto suave de la piel femenina le obligó a usar la mano huérfana para inspeccionar cada poro de la cara. Los dedos sobresalían de la barbilla y tanteó sus labios, húmedos y brillantes, de tal forma que el perímetro total de la boca fue el de una alfombra de los Oscar. Se acercó despacio intuyendo por dentro la combinación que el salfumán y el papel de plata iban a desatar.

-Tengo ganas de hacértelo contra la pared y aquí mismo, hasta que tu lengua me arranque los miedos acumulados y los convierta en sal. Cuando te beso huelo tu cuerpo como si fuese un perro a punto de comer teta por primera vez. Esta noche mis dedos crecerán en curvas carnosas como larvas de mariposa extasiadas. Quiero que hagamos el kamasutra con nuestras bocas y de frente, quiero besos guarros y que el tiempo de madrugada seque la saliva con tu erotismo. Quiero follarte contra la pared, quiero ser preso de tus caderas… oblígame a rezar en cuclillas y ser castigado hasta que mi lengua se convierta en el péndulo de tus piernas. Susúrrame que beba el néctar de ese bivalvo a punto de ser acariciado. Me pones nena. -recitó Erick con voz quebrajante.

Diez años más tarde el muchacho semi adulto llamó al timbre. El disparador de la puerta fue accionado con soltura y al momento pudo entrar en su interior. La sala de espera estaba vacía y, tras un intento de apoyarse sobre el reposabrazos del sillón, salió la psicóloga.

-Buenos días, adelante. -inició ella la conversación.

Erick entró a la consulta como aquel preso que en el corredor de la muerte dispone de una bala para salir ileso de allí. En un vistazo memorizó todos y cada uno de los elementos que habían en el habitáculo; comprados, seleccionados y colocados a la perfección. Las cortinas eran de color granate y parecían haber sido trajes de alguna madamme fallecida en París. No se ajustó ni la corbata ni los cordones de los zapatos. No usa ambos conceptos. El chico tomó asiento.

-Hola Erick. En primer lugar quiero que sepas que todo cuanto aquí digamos se va a quedar entre tú y yo, entre psicóloga y paciente. -dijo ella.

-Bien. -respondió escueto nuestro protagonista.

-¿Qué es lo que te preocupa?

-Me llamo Erick y odio edulcorar las palabras. Al cabrón le llamo cabrón porque no existe palabra en el diccionario capaz de sustituir su significado, y aunque hubiera forma me estaría mintiendo a mi mismo una y otra vez. No quiero eso. -dijo Erick.

-Y… ¿eso es un problema? -preguntó ella.

-Mi problema es que cualquier vicio sano lo elaboro en un tiempo corto y después es conducido al extremo, es decir, el nivel para fabricar mi instrumento personal de medición me lo tragué cuando era un crío. Verá, es fácil de entenderlo con un ejemplo. Supongamos que usted y yo estamos en unos preliminares para posteriormente atragantarnos de placer.

-No me llames señora. Continua. -cortó la psicóloga en seco.

-Estos preliminares de los que te hablo la gente los suele subdividir en varios niveles. Conversación, besos, caricias, masturbación, olor corporal, contacto visual, sexo oral… cada ser vivo se sirve en su plato las palabras que considera oportunas. Partiendo de la base que un niño no puede multiplicar sin saber sumar, en ocasiones la fluidez de una sola conversación y acompañada de unos besos morbosos, hemos optado por saltarnos los siguientes pasos. No existen, se esfumaron. No hay escalas, ni escaleras, ni subdivisiones ni decimales en la noche. Créame que es una jodida tortura. ¿No le ha pasado a veces que está conduciendo mientras escucha música, y cuando lleva unos kilómetros ni si quiera se ha enterado de lo que ha ocurrido en la carretera?, ¿ha llegado sana y salva al destino?… ¿si?. -explicó Erick.

-Es lo que importa no? -replicó la mujer.

-Claro, solo que, aunque emita pasos algunas veces, otras tengo que realizar el recorrido entero a base de manuales, y existen daños colaterales que se llaman espinas. Todas ellas tienen que se extraídas alguna vez en la vida. -dijo él.

-Cuénteselo a un amigo… por ejemplo. -aconsejó la profesional.

-No puedo. Se lo estoy diciendo. -contestó el hombre.

-¿No tiene a nadie de confianza? -volvió  a poner en duda la psicóloga.

-El puto problema es que soy una jodida tumba. Los secretos que yo guardo bajo llave podrían traducirse en bombas lapa. Atraigo a la gente porque saben que de mi boca nunca salió ni el alcohol a las 12:00 de un domingo. Siempre recuerdan de reojo que antes de abrir la mano y soltar la joya me partirían el brazo.

-Querido Erick, tengo la solución. -susurró la mujer.

-Tú dirás nena. -sonrió él.

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Postdata: Erick soy yo.

Escrito por Erick Amado.