Todos los tejados disponían de la misma buhardilla. Típicas casas americanas que para acceder a su interior bastaba con trepar por la fachada hasta llegar a la cúspide, y esto a Catwoman se le daba de fábula. La mujer de treinta y tantos tenía por costumbre despegar etiquetas de los típicos cascos de botella. Desde muy cría. Daba igual que fuese refresco o cerveza. Sus uñas gatunas estaban entrenadas para despegar cualquier objeto, incluso a cualquier se humano le bastaba con tocarle el culo, meter una uña y arrancarle las tripas. Su traje de cuero le proporcionaba la elegancia adecuada. Si no puedes con el enemigo llévalo a tu terreno. Sedúcelo.

Catwoman llevaba seis lustros desafiando las leyes de la psicología bajo una infancia ligada a su abuelita, y a base de lecciones rutinarias escaló los diferentes niveles emocionales. La niña a la edad de 5 años fue maltratada por su padre. Esto hizo que el vínculo trascendental todavía se multiplicase exponencialmente. Aprendió rápido a no tener miedo gracias al cuento de una super héroe. La abuela cada noche le relataba antes de dormir las historias crudas de una gata con poderes frente a la sociedad. Cuando terminaba la narración le cogía de las manos fuertemente y le susurraba miles de consejos.

-Hija… hoy te voy a enseñar que nunca debes fiarte de las amistades. Sé justa. Regala golosinas y observa quien hace lo mismo contigo. La persona que no tenga dinero pero tenga buen corazón te hará saber que de mayores ella te invitará a merendar. Comparte todo lo que tengas y harás buenas amistades. -le contó la abuela.

Al terminar las últimas palabras, nuestra futura Catwoman levantaba la mano y la deslizaba por el atrapasueños que su abu le cosió, tejido con las etiquetas que la joven arrancaba de las botellas. Desde entonces no le quedaron miedos al acostarse. No soñaba con manos llenas de venas que la cogían por detrás. Se creía y estaba convencida de su misión como heroína social, del poder para ayudar a muchos niños con su experiencia.

Tras años recapitulando conceptos que le habían contado decidió invertir el poco dinero que disponía en sacar la carrera de psicología. Mamó todos los libros, escribió artículos en varias webs y colaboró con asociaciones destinadas al maltrato infantil. Nada pudo hacer para vivir de ello. Detrás de una barra de una bar trabajaba día y noche muy orgullosa.

Un sábado por la tarde pensó en poner a prueba su capacidad de reconocimiento personal. Abrió el bolso y sacó un fardo de etiquetas que había guardado durante años. Con un bolígrafo permanente fue escribiendo frases. No las tubo que pensar. Salían como cascos de bala al suelo. A continuación las pegó encima de las botellas sin abrir, sustituyendo por completo las etiquetas originales. Acumuló tantas que necesitó tres cajas para meterlas. El truco guapo llegó cuando los clientes iban pidiendo sus correspondientes bebidas y al coger la botella leían para sus adentros. Catwoman no las dio al azar. Con unos segundos de análisis le bastó para que el individuo de diferente edad y género deletreara su frase personalizada:

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Fdo: Erick Amado.

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