Danko nunca se llamó así. En el registro de nacimiento figuraba con otro nombre. Tenía tanto dinero en efectivo que podía comprar hasta los jueces, así que imaginaros el despelote que se preparó cuando desembolsó tres millones de euros y los metió dentro de la bragueta de aquel funcionario. De esta forma dejó de aparecer en las cuentas bancarias, censo electoral y consultas médicas. C´est la vie Danko.

A diario las fotocopiadoras e impresoras vomitaban cientos de facturas a nombre de sexoenmarte s.l.u. Con esta nueva forma de tributar nunca se tendría que preocupar por sus bienes personales. Danko además no era nombre común. Las empleadas se rieron a carcajada limpia hasta que misteriosamente sucedieron más de 20 despidos involuntarios. El que tiene la pasta tiene el poder.

Sexoenmarte se dedicaba exclusivamente a vender ascensores y todo tipo de elevadoras industriales. La mayor parte de ellos se destinaban a hospitales y centros públicos. Facturaba tanto que las contables y las webs que indexaban el beneficio bruto anual se echaban las manos a la cabeza. Hago hincapié en “las” porque Danko nunca quiso empleados. Odiaba el olor a testículo. Decía que cada siete de diez contratos se firman con la punta de la polla. La mujer nos lleva años de ventaja. El poder de persuasión mezclado con el erotismo son anestésicos para flojos.

En la época del 2004/2005 todo entraba sin lubricante, millones de euros sobre la mesa para empaquetar. El jefazo gastaba más calderilla en reponer máquinas de contar billetes que en incentivos para sus cosas. Digámoslo de otro modo, él nunca metió el rabo sin enseñar la nómina. El 25% del sueldo era fundido en caprichos de poca monta. Muy caros. Teléfonos móviles, sesiones de fotografía con modelos, viajes y regalos para familiares. Anabel (su contable y secretaria) era la que administraba el pastizal. Danko nunca llegó a saber el total de su fortuna. Tampoco ella. El último día de cada mes metía en una caja de zapatos dos fajos de 10.000 euros en billetes de veinte. Por toda la empresa se ocultaban las caletas. Ninguna empleada podría haber adivinado que encima de ella o debajo de sus tacones se encontraban los fardos. Ese trabajo era cuidadosamente ejercido por su secretaria.

Allá por el año 1990 la chiquilla entró a trabajar con 16 años. Conocía la empresa como la palma de la mano. Tantos años trabajando allí dio tiempo para pajear miles de veces todas las manivelas de las puertas. 389 exactamente. Mujer elegante, familiar e inteligente. Pero nunca se la chupó al jefe, de ahí la confianza ciega de Danko hacia ella. Sus vidas estaron ligadas durante años de forma laboral pero ninguno se molestó en conocer a sus familiares., ni siquiera el empresario se indignó a regalarle nada al hijo de ella. Dinero y más dinero. Punto.

El capo de sexoenmarte todavía conserva la nota con la que tomó apuntes mientras se realizaba la selección del personal:

  • 16 años.
  • Labios carnosos.
  • 1,72.
  • Buenas tetas.
  • Habla mirando a los ojos.
  • No se pone nerviosa.
  • Buen perfume.
  • Nivel de comunicación 10.
  • SOLTERA Y CON AMBICIONES.

Confiaba tanto en su secretaria que llegó a pagarle cien de los grandes por la compra de un pájaro exótico. Ella sabía de memoria que era el pilar clave del negocio, incluso quedaba a comer con él la mayor parte de los días. Antes de empezar la crisis española Anabel recalcó que deberían de contratar más comerciales y operar en el extranjero, pero Danko era muy suyo. Todo lo que no era legible en su lengua lo desechaba.

Los clientes nunca le fallaron. Pagaban a tiempo y él a sus proveedores. Siempre desembolsaba en el mismo momento en el que recibían las facturas. A sus empleadas de igual modo. Cuestión de tiempo era para que la crisis llegara y los peces gordos que le suministraban el producto no pudieran hacer frente a los pedidos tan elevados. Para cobrar primero tienes que pagar. Ley del chanchullero. Uno de los mejores distribuidores (Nachete) se reunió con él personalmente para decidir cuál iba a ser el futuro de los negocios. Tras dos horas intensas acordaron que Danko pagaría por adelantado las millonadas de euros que costaban los elevadores. Bajo un contrato grabado con una cámara de seguridad y por escrito, la relación se empezó a fortalecer y los números a estabilizarse.

Todas las semanas Anabel mandaba transferencias de infarto y otras veces llevaba el dinero contante y sonante en persona. Viajes a cargo de la empresa y mucha labia se necesitaba para sostener la situación. Los pufos comienzan a aflorar siempre que la rata grande no quiere darse cuenta y sigue comiendo de las bolas envenenadas. Después de unos años la cosa empezó a ponerse fea. Nachete compraba los elevadores pero había un problema; para transportarlos tampoco disponía de dinero. La pareja de pollas bravas se bañó en aguas heladas y decidieron hacerse las pajas por separado.

-Querida Anabel, ¿cuánto dinero nos debe Nachete? -preguntó Danko.

-Seis millones trescientos mil euros. -respondió ella.

-Bien. Vamos ha hacer los siguiente. Hasta que no encontremos otro proveedor capaz de sujetar nuestro sustento, cesaremos la actividad por un mes. Nos vendrá bien a todos despejar la cabeza. ¿Te parece?

-Muy bien, como ordenes. -asintió Anabel.

-Diles también que estas vacaciones forzosas están remuneradas. Sobre la situación como tal no menciones nada, déjales caer a esas cucarachas que estamos haciendo nuevas inversiones y reformando el departamento logístico. -terminó el pez gordo.

-Ok.

A la hora acordada la contable recitó el comunicado mediante megafonía. Las lágrimas brotaban y la mosca detrás de la oreja también. Anabel sabía que algo turbio se les venía encima. Esa misma tarde todo el personal de sexoenmarte S.L.U cesó la actividad y las pertenencias que tenía se las llevaron a sus casas. Cuando sonó la campana solo quedaron el ejecutivo y la contable. Ambos sacaron una botella de champang de 1979. Saborearon el líquido de una manera viciosa. Todo un mes de placer se avecinaba para los dos. Al acabar de beberse la botella y el medio gramo de cocaína cerraron las instalaciones. Las cámaras fueron las únicas que quedaron de centinelas.

El amanecer siguiente se envolvió con una niebla densa. A las 8:00 en punto de la mañana Danko abrió la puerta de su oficina. El paisaje desolador le produjo una tremenda satisfacción. Cogió una silla al azar y se sentó en mitad de la sala. El eco de las lágrimas se apoderaron de cualquier resto de sonido exterior. Cerró los ojos y los cuatro hombres que tenía detrás le pusieron una bolsa en la cabeza. Danko no forcejeó. Arrastras lo sacaron de allí y lo metieron en el ascensor. Que alivio tan descarado para el magnate. Nuestro protagonista se dejó llevar. Si meas en puertas ajenas terminas colgado. El millonario lo sabía. Nunca quieras más de lo que necesites chico.

A la misma hora que el jefazo estaba apunto de mearse encima Anabel se encontraba abierta de piernas en el recibidor de su casa. Sentada sobre un trozo de mármol su marido le gastaba bromas sincronizadas con la lengua, haciendo círculos en el clítoris continuamente. Llevaban más de un cuarto de hora bañando el suelo con líquido placentero. Las manos de su marido abarcaban los dos pechos. No había opción de escape ante tal comida de coño. Las piernas de Anabel estaban siendo mordazas en el cuello. Cada segundo que pasaba las convulsiones estratosféricas eran más salvajes. Su querido abrió los labios superiores y metió la lengua húmeda dentro. Al mamón le gustaba beber esos placeres. Se le ponía durísima con las comidas de entrepierna. La secretaria le avisó. Sus ojos tradujeron que iba a correrse como una perra ya que apretó las articulaciones de las manos tan fuerte que sus uñas se clavaron en el cráneo de él.

-Limpiame las piernas con los labios… mi querido pájaro exótico. Me tengo que pasar por las ooooooficinaaaas para revissssssaar los sistemaaas ddeeee (dioosss) seguridad.

-¿Ahora? -preguntó el marido.

-Nene serán diez minutos. Tu sigue comiendo y calla. Luego te haré una mamada mientras conduces.

Diez minutos habían pasado y Anabel ya estaba entrando por la puerta. Solo ella y Danko conocían la combinación numérica del sistema de seguridad. Revisó la primera planta del edificio, alzando las manos contra los sensores de proximidad y visualizando si el piloto actuaba. Entró al despacho del jefe pero todo seguía estando tal cual lo dejaron el día anterior. Al cerrar la puerta para continuar con la inspección ocular, observó que el suelo emitía un reflejo. Se acercó sigilosamente y se dio cuenta de que algo había pasado por alto… la silla. Todas las sillas estaba perfectamente puestas en su sitio menos la del medio. Sacó el móvil del bolsillo y empezó a tomar fotos. Lo silenció primero. Vieja astuta. Con los dedos de la mano tocó el líquido y se lo llevó a la nariz. Era salado y la mujer confesó que pertenecía a los ojos. Guardó el móvil. Los tacones quedaron inmóviles debajo de una mesa y continuó descalza hasta la segunda y última planta.

-¿Nos vas a decir donde ostias guardas el dinero? -preguntó uno de los encapuchados.

-No lo sé, el dinero en efectivo lo guarda Anabel. -respondió Danko.

-¿Quien pollas es Anabel? -gritó otro sicario.

-Yo soy Anabel.

Después de la interrupción verbal de la hembra todos quedaron asombrados por el atractivo de la misma. Anabel era realista, en su pensamiento se hallaba una violación comunitaria y un tiro en la nuca. Ella nunca dejaría solo al hombre que le sacó de la nada, por muy guarro, vicioso y maleducado que hubiese sido. La secretaria en cada paso que daba dejaba escrito en el suelo el poder de la elegancia. En linea recta caminó hasta la silla de su jefe. Los cuatro sicarios tenían las pistolas apuntando al suelo.

-¿Qué haces aquí Anabel? -dijo sorprendido Danko.

-Negociar. -sonrío la superwoman.

-¿Cuánto dinero vale la cabeza de este hijo de puta? -volvió a lanzar Anabel.

-No queremos dinero. -respondió un encapuchado.

-¿No queréis dinero chicos? Si hubieseis venido a matarlo ya estaría muerto. Desde que os he visto a lo lejos, he olido a meada de chiquillo. Seguramente alguno tenga los calzoncillos chorreando. -prosiguió ella. -Os doy cuatrocientos de los grandes y os vais ha hacer leches de aquí. Dejarme con este capullazo que si no lo matáis vosotros lo mataré yo de un infarto a polvos. -dijo Anabel.

-Querida en serio, es mejor que te vayas, no quiero que te pase nada. ¡Dejarle marchar!!! -dijo Danko.

Los cuatro encapuchados empezaron a ponerse tan nerviosos que aquello parecía un duelo del oeste. Un duelo de poca monta y con biberón.

-Danos el dinero y cuando hayamos salido por la puerta os dejaremos en paz. -gritó el más jóven los cuatro.

Anabel sacó un trozo de papel del escote y un bolígrafo del bolso. Se arrodilló y dibujó una cuadrícula sobre él. Marcó con una equis donde estaban todas las caletas escondidas.

-En estos puntos está todo el dinero. No hace falta que utilicéis ninguna palanca. Es techo desmontable. Yo misma lo escondí allí. Cuando salgáis por la puerta principal teclear el código 4545 y el sistema se volverá a armar. De esta manera me aseguraré que podemos salir con vida. -dijo la contable con voz tranquilizadora.

Sin decir palabra los cuatro prepucios echaron a correr. Pasaron como tres minutos hasta que activaron las puertas correderas de seguridad. Anabel seguía mirando por las ventanas. La luz del amanecer pegaba con fuerza. Metió la mano al bolsillo y sacó medio gramo de coca que, colocando sobre la palma de la mano extendió un poco de polvo y esnifó haciendo eses. Acercó el brazo hacia Danko y este metió por la nariz todo cuanto pudo.

-A Nachete le quedan dos telediarios jefe! -dijo ella.

En el mismo momento en el que termino de acentuar la palabra jefe, Danko se vino abajo. Los sollozos de un hombre acojonado hacen que a una familia entera se le pongan los pelos de punta. El tórax no podía terminar de ensancharse y descansar tan deprisa. La cara de él era un volcán en erupción. Se quitó la capucha y mirando a ella le dijo.

-Yo fui el que contraté a los sicarios. Hace años que sufro depresión. ¿Para qué tanto dinero si después ninguna mujer está dispuesta a llenar mi vida?

-Se que fuiste tú. -dijo Anabel.

El empresario abrió los ojos cual niño abriendo el regalo de navidades. Se levantó de la silla y volvió a llorar de manera descomunal. La cocaína se encontraba en pleno apogeo. Su cuerpo empezó a encorvarse y termino de rodillas.

-¿Cómo mierdas sabías que yo mismo contraté a los sicarios? -dijo asombrado Danko.

-Por que todos ellos trabajan para mi. -respondió.

-¿Que cojones dices Anabel? -habló él con voz temblorosa.

-Nachete es mi marido. Desde hace años he sostenido la relación entre las dos empresas. Gracias a mi, Nacho y tú os habéis embolsado kilos y kilos de oro. ¿Te acuerdas de aquellas amenazas en el año 2002 por impagos?- preguntó la contable.

-Si. -respondió Danko.

-Mis compinches y yo hicimos desaparecer el cuerpo que las escribió. Nachete me lleva 18 años de edad. Con la edad de 16 años acordó conmigo que yo sería la espía en tu empresa. Mi marido también quiso vender elevadores y ascensores por todo lo alto, pero entre polvo y polvo le hice cambiar de opinión. ¿Por qué no ser otro pequeño eslabón de la cadena consumidora y ganar todos? Me hizo caso. -contó la secretaria. -No mereces estar solo y tampoco acabar con tu vida de esta manera. -dijo ella.

-¿Y qué hago Anabel?-preguntó él.

-Fácil. Si prometes acostarte conmigo todas las mañanas y hacerme el amor, yo haré que Nacho consiga dinero para pagar a los transportistas y distribuidores. En el momento des una pista de nuestros encuentros esporádicos en la empresa, entonces te pegaré yo el tiro. Mira hacia la cámara.

Danko miró a la cámara de manera desconcertada.

-El código 4545 lo cambié ayer. No era para activar el sistema de armado de la alarma, si no para tener una grabación por si pasara algo. Pero tranquilo, está a buen recaudo.

Con las yemas de los dedos Anabel le hizo subir la cabeza hasta sus labios y se dieron el beso más guarro pero más tranquilizador de la historia.

Fdo: Erick Amado.

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