Louise no era el típico bar donde se consumían neuronas viendo partidos de fútbol. La media del coeficiente intelectual de los que regentaban aquel antro sobrepasaba los 120 puntos. A su izquierda se encontraba una librería con quilos de polvo en las estanterías y a su derecha un sex shop. Bien posicionados. Estratégicamente alineados. El círculo era cojonudo; primero una lectura a 50 sombras de Grey en la librería, después la elección de un juguete para la entrepierna y al final terminar en el wc del bar.

-Le veo que viene sudando, ¿Un refresco?

-Si por favor!

Jack era el mejor cafetero de la ciudad Nunca hablaba de política ni de fútbol. He aquí la magistral clase de persona que dura en este tipo de negocios. Su padre le enseñó la receta para elaborar un buen café gourmet.

-Hijo, tu padre no va a repetirlo dos veces. Existen dos clases de clientes en el bar Louise, los intelectuales que leen muchos libros y los que compran revistas de mierda para aparentar ser intelectuales. Ambos tienen algo en común. Les gusta el café. Acostúmbrate a colmar los vasos pero sin que rebose y, por favor, los granos que compres tienen que estar muy tostados. En sus tiempos esto se llenaba de tipos cerdos en los años 80 que les gustaba el olor a café y a lubricante. Cuídalos por igual hijo.

-De acuerdo. -respondió el hijo.

-El morbo de la muchedumbre es máximo, pero no todo el mundo tienen tiempo para cambiar constantemente de vaso, ¿me explico? Las personas disponen de poco tiempo para tomarlo, así que hay que cocinar rápido pero procurando no quemar lenguas. El café tiene que durar lo mismo que un cigarro. Recuérdalo siempre -terminó de decir el padre de Jack.

El camarero padecía de vida estable. Tenía una mujer preciosa y a él le encantaba la rutina. Digamos que sufrió durante años el síndrome de Estocolmo. Amaba su trabajo, a su esposa y a la nueva visitante del bar Louise.

Desde hacía unas semanas que aquella preciosidad acudía para saciar su curiosidad. Siempre puntual e impoluta. A las 10:30 exactamente daba las señales oportunas por la puerta trasera. El bar disponía de una única entrada y salida para los clientes, pero había una puerta trasera que se encontraba al final de la cocina. Este era de color gris metalizado y es la típica donde en las películas se realizan ejecuciones. También se sacan bolsas de basura con cabezas de gente dentro. Ajustes de cuentas.

Martina y Jack hacía más de 20 años que se acostaron juntos. Esto se traduce en quinientas comidas de coño encima de la barra, cuatrocientas mamadas a sentadillas y decenas de polvos sin tocar el suelo. Las estadísticas le otorgan a este matrimonio la medalla de oro.

Jack era ejemplar en ideales. Nunca coqueteó con ninguna mujer. Martina tampoco sació su curiosidad nunca. Ella respetaba mucho el trabajo de su hombre. Ser camarero implica relacionarse con gente, aguantar borrachos y llevarse a las espaldas millones de horas trabajadas. El poco tiempo que tenían para ellos se resumía en polvazos contra la pared y películas que Jack anotaba en una libreta a recomendación de los clientes.

Una noche Martina, al regresar de tirar la basura, se encontró con un papel doblado por debajo de la puerta. Desplegó este y leyó en voz alta:

No puedo decir quien soy, pero tu marido te pone los cuernos. Firmado: la mujer árbol.

La mujer de Jack guardó el papel en el bolsillo trasero del pantalón mientras propinaba un pensamiento a modo de carcajada. “No hay labios que atraigan más orgasmos que los míos. Mi lengua es repelente para perras.”

Nuestro camarero le preparaba a su amiga un vaso de agua, una taza de leche fría y unas pastas rellenas de manzana. Todos los días y a la misma hora. Los clientes se empezaron a dar cuenta porque uno no puede ocultar las visitas rutinarias constantemente. Entre café y café iba preparando el desayuno y lo depositaba en la bandeja. Desde cualquier asiento del Louise se podía observar los preparativos.

-Hola corazón! Otro día que nos vemos – decía Jack al cruzar la cocina.

A ella nunca se le escuchó. A medida que fueron pasando los días los clientes habituales ya tenían claro que sobre esas horas de la mañana la sonrisa de Jack cambiaba. Nunca lo puedo negar y nunca su mujer le llegó a mencionar aquel papel que encontró. Por los menos el primero. Cinco amaneceres después del primer encuentro entre Jack y la misteriosa visita, el cartero llamó a casa del matrimonio para entregar una carta. Este, al caer en la cuenta que el destinatario tenía el bar del barrio, bajó y aprovechó para tomar el correspondiente café y así entregar la carta en mano. A la hora de comer el cafetero le dio a Martina el sobre sin haberlo abierto. Una de las claves del éxito en pareja es la plena confianza. Sobrepasar el espacio íntimo es empezar a jugar a la ruleta rusa. Móviles y cartas a buena recaudo.

Martina abrió el sobre con delicadeza y sacó un cuarto de folio doblado exactamente por la mitad.

Martina, soy una persona que no quiera dañar el matrimonio entre tú y jack, pero como clienta asidua del bar Louise se que él mantiene un encuentro con alguien. En el barrio se están escuchando voces al respecto. Me considero buena persona y por eso quería decírtelo. No puedo desvelar mi nombre porque no los he visto con mis pripios ojos. Me jugaría el pescuezo.

A la hora de almorzar del día siguiente Martina entró por la puerta… por la trasera. Eran exactamente las 11:00 de la mañana. Nada más cruzar el pie por el marco de la puerta vio a su derecha medio vaso de leche y otro de agua sin empezar. Ella sabía perfectamente que su marido no toleraba la leche desde pequeño. Tampoco tenía empleados ni gente que le ayudara con las tareas. Con la cara desencajada hizo de tripas corazón y al ver a su amado le dio un beso.

En el mismo instante en el que los labios se abrazaron, la gente que se encontraba tomando café los empezó a observar con descaro. El matrimonio se dio cuenta enseguida. Esa misma noche Martina volvió a recibir una carta.

Mañana sobre las 10:00 te espero en el Louise.

Puntual llegó Martina. Por la puerta principal y sin ojos de mosquita muerta. El portazo se escuchó a media manzana de allí. Con unas botas de tacón y una cazadora de cuero se instaló en el epicentro de bar y gritó a bocajarro:

“¿Quien eres mujer árbol?”

De un puñetazo Jack abrió la puerta de la cocina y abrazó a su esposa.

-¿Qué pasa cariño? Tranquilízate! -le susurró al oído.

-Alguien me está gastando una broma de muy mal gusto -sollozó la mujer.

-Ven y cuéntamelo todo -dijo Jack.

-¿Quien cojones es la mujer árbol? Levántate hija de perra!!!! -chilló con voz desgarradora.

Toda cabeza viviente quedó paralizada. Algunos apoyaron el café sobre la mesa y otros pegaban caladas a su cigarro como niños jugando al escondite. Mitad y mitad.

-Aquella señora está loca mamá. -balbuceó una criatura.

-Shhh, que nos vamos ya, venga. -respondió la madre.

Nadie se atrevía a despegar dedo del periódico. Una voz calmada y serena cabalgó sobre la melodía del triturador de granos de café.

-La mujer árbol soy yo. -dijo una cliente.

-¿Qué ostias está pasando aquí? -dijo Jack sin titubear.

Martina tenía los ojos a punto de caramelo. El rimel empezaba a perder el pulso y se asomaba por los párpados inferiores. Estaba llorando.

-¿Celia?, ¿eres tú?, ¿Celia? -repitió en bucle la mujer.

-Así es. Yo soy la mujer árbol. -respondió la clienta.

Jack y Martina no sabían en qué posición se encontraban. Ninguno de los dos sabía la verdad pero eran partícipes de la gran sospecha. La mujer árbol y Celia y la dependienta de la tienda de libros eran la misma persona. Las cartas que ellos recibían estaban escritas por ella a mano. Celia siempre fue una consumidora empedernida de café. Todos los días y a la misma hora.

-Jack, ¿qué está ocurriendo? -preguntó su amor.

-Hace tres días que recibo una nota. Cada mañana la he encontrado en el buzón del bar. En las tres notas decía lo siguiente:

“No es bueno engañar a tu mujer”

-No te dije nada porque no quería asustarte. Sabes perfectamente que tu cuerpo es el único al que le rezo. De verdad. Siempre he tenido palabra. -terminó de explicar Jack.

-¿Eras tú la que nos escribías las cartas? ¿Estás loca o que? -preguntó Martina a la dependienta.

-Así es. Como sabéis hace dos años que mi marido empezó una relación sentimental a escondidas con otra mujer. No quería que Martina sufriera y pasara los mismos malos tragos que yo. Todas las mañanas mientras he tomado el café he estado escuchando como Jack le susurra a una persona, a una mujer. Se me revolvían las tripas. ¿Es así Jack? ¿Por qué no abres la puerta de la cocina ahora que son las 10:30?

Con el delantal a medio ajustar y los dientes bailando con lobos, cogió a su mujer y a Celia de la cintura y recorrieron la corta distancia entre la barra y la cocina. Nada más chirriar las bisagras de la puerta pudo verse en el suelo un vaso de leche y un trozo de tarta de manzana. En frente a una paloma mensajera, aquella que visitaba todos los días el bar Louise.

Fdo: Erick Amado.