La digitación de John era bastante eficaz. Un tipo muy metódico. Salía de trabajar a las seis de la tarde y al llegar a casa siempre aprovechaba para repasar escalas. Se le ponía dura cuando escuchaba el sonido de una guitarra eléctrica.

John llevaba media vida acostándose con ella. Le cambiaba las cuerdas cada mes. En su mesita guardaba un juego entero. Seis eran seis. Podréis pensar que una persona meticulosa nunca juntaría en el mismo cajón condones con hilos de acero. Quien sabe, quizá usaba el aceite que emanan los preservativos para mejorar la resonancia de ellas.

Su cuerpo calzaba casi un metro y ochenta centímetros. Pelo corto y moreno. Buena polla. Nunca se la vi, pero como soy el que escribe la historia… hago lo que me sale de los huevos. John usaba fragancias y detestaba las colonias. Él mató al Varon Dandy. Pantalones ajustados y camisa ceñida. Blanca como el culo de un cadáver.

Un día después de llegar del trabajo fue a la habitación donde dormía su guitarra. Nada más entrar por la puerta tuvo la sensación de estar oliendo a perfume de mujer. Líquido del bueno. John era ex-fumador, hacía cuatro años que dejó de ser un cenicero para bocas ajenas. Besaba de puta madre y tenía buen gusto para los olores. Aquello que entraba por su nariz no era un chollo extraído de una tienda de ultramarinos. Inmóvil y con la mirada fija en el suelo, sacó a pasear su lengua por los labios y los dejó brillantes. En ellos podía verse reflejada la funda de la guitarra. Se acercó hacia ella y tiró de los broches. Sus ojos quedaron inundados de terror. En aquel precioso instrumento de madera de palosanto alguien había escrito una frase con pintalabios.

fóllame cabrón

Milésimas de segundos después se dio la vuelta y al grito de ¿hay alguien en casa? recorrió agitadamente todo el piso. No dejó rincones por explorar. Con un estado de sock en ebullición cogió un trozo de papel del váter y lo roció en agua. Deslizó la mezcla por toda la madera pero las dos palabras seguían intactas.  Su mano derecha cogió el alcohol de curar y un cortaúñas. Desprendió el tapón de plástico que bloquea la salida del líquido y volvió a bañar otros treinta centímetros de papel. Cuando estaban ambas partes a punto de besarse se paró en seco. Parecía un asesino en serie. Algo en su pensamiento no le dejaba continuar. Se apresuró al dormitorio y cogió en brazos la funda para guardarla. También las llaves y un manojo de billetes.

Hacía mes y medio aproximadamente que habían abierto un taller de reparación y mantenimientos de instrumentos de cuerda. Se acordó de aquel panfleto que recogió en el buzón. Estaba a solo dos manzanas de su morada. Salió de casa y se dirigió allí. Al llegar a la puerta de su destino se frenó. Sacó del bolsillo un paquete de cicles y se metió uno a la boca. Lo masticaba a conciencia mientras pensaba qué ostias iba a contarle a los artesanos. Estamos de acuerdo en que lo más común es que entren personas con violines desafinados, guitarras desoctavadas, etc. John hacía tiempo que meaba colonia, por eso su instrumento de cuerda siempre estaba impoluto.

-Buenas tardes.

-Hola, ¿te llamas? -susurró un cuerpo de mujer.

Esa pregunta bloqueó las cuerdas vocales de John. Aquel metro ochenta de atractivo hicieron saltar las alarmas. Tenía los labios para follar bocas, manos para robar orgasmos. La dulzura de la diosa que tenía en frente estaba acostumbrada a tejer con los dedos. Esculpía bultos de entrepierna sin tacto.

-John. -balbuceó.

-Cuéntame, que necesitas? -dijo con una sonrisa a media asta.

-Puede parecer de locos lo que voy a decirte, pero al llegar a casa me he encontrado con mi guitarra pintada.

-Es lo que tiene tener niños. pero ¡oye!, más vale que se entretengan jugando así y no con las dichosas tablets. -contestó ella.

-No tengo niños. -dijo John.

Los dos mudos optaron por seguir la conversación en lenguaje de signos. Tiró de los broches y dejó la guitarra desnuda. Se hizo un silencio. El símil era el de un velatorio. La misma caja aterciopelada. La misma densidad de aire.

-Es carmín, el mismo que usamos para los labios -dijo ella.

-No. He provado a limpiarlo con agua y no se va. -replicó John.

La luthier se acercó a una mesa y sacó una lupa. No llegaba a ser monóculo.

-Efectivamente no es carmín. -dijo la dama.

-¿Puedes limpiarla y dejarla como nueva?

-Te aseguro que en unas horas la tendrás intacta. Pásate sobre las ocho menos cuarto. -dijo ella.

John salió del taller y se dirigió hacia la cafetería de enfrente. Tomó asiento y pidió una copa de Frangelico. Entre sorbo y pestañeo repasó los hechos mentalmente. “Alguien ha tenido que entrar en casa”, “nadie tiene llaves de mi piso”, “el casero está a 500 kilómetros de aquí y siempre avisa al llegar”… “¿qué querían de mi?”

Puntual como siempre, regresó a ver el estado de su guitarra y efectivamente había quedado bordada.

-Es impresionante. ¡Es nueva! -dijo John sobresaltado.

-Estábamos lejos del pintalabios. La frase la habían escrito con una mezcla de epóxido y pintura para suelos de parking. Te han gastado una broma buena. -contestó la fémina.

-Muchas gracias por todo. Si no te importa podrías darme un tarjeta tuya. Ahora se que para una urgencia musical te tengo al lado. -dijo en mitad de una carcajada.

La mujer le cobró los 70 euros de la faena, y con las vueltas deslizó una tarjeta de visita que John guardó en su cartera.

Al siguiente día y después de una intensa jornada de trabajo, John llegó sobre las seis y media de trabajar. Estaba cansado y únicamente le apetecía seguir poniéndose cachondo con su guitarra. Fue al dormitorio y otra vez volvió el aroma embriagador de aquella mujer. Al levantar la mirada, la funda de la guitarra estaba abierta. John empezó a llorar y se arrodilló ante el instrumento.

-Hija de putaaaaaaaaaaa!! -gritó.

fóllame cabrón

Nuevamente la misma frase. A la misma hora. El bucle del día anterior parecía taladrarle la cabeza. El modo paranoico se abalanzó sobre la sesera de John. Metió la funda a la guitarra, y sin dejarse las llaves ni el dinero fuera del bolsillo, se fueron los cuatro hacia la Luthier. Esta vez entró sin llamar a la puerta.

-Perdona que te moleste. Creerás que es una broma o que es una excusa para volver a hablar contigo, pero ha vuelto a aparecer la frase escrita en mi guitarra. -dijo él.

El hombre tomó una postura medio fetal y descorchó el traje al instrumento. Automáticamente la mujer empezó a sudar sin dar crédito a lo que estaba viendo.

-Vigile a quien le deja las llaves. Tener amantes no es bueno. No le conozco de nada pero para mi tampoco es plato de buen gusto tener esto en mi taller. – afirmó la mujer.

-Soy soltero. Nunca me he tirado a mujeres casadas ni con pareja.

-Vuelve a pasar a la misma hora que ayer. Te haré un precio especial. – dijo ella.

John volvió ha hacer rutina. Entro confiado en aquel bar y otra copa de licor que se calzó entre pecho y espalda. Regresó a la hora exacta y nuevamente su guitarra la tenía limpia. Al día siguiente volvió a suceder lo mismo, pero en vez ir personalmente al taller de la preciosa mujer, la llamó por teléfono.

-¿Si? -contestó con entusiasmo.

-Hola, perdona que te llame otra vez, vuelto a tener la guitarra pintada.

-Oye, si esto es una broma no quiero seguir con ella. Esta situación parece enfermiza. Si no sabes como ligar con una mujer búscate otras maneras de paliar tus ganas de follar. No se te ocurra venir aquí. -dijo en voz alta la luthier.

Nada mas colgar el teléfono. John cogió nuevamente las llaves y un par de billetes y se dirigió a comisaría. Aparcó el coche en fila y cerró la puerta. Esta vez llevaba su guitarra sin funda. Aquel hombre atractivo y deseado se postró sobre la entrada.

-Buenos días, ¿en qué podemos ayudarle? -dijo la voz de ventanilla.

-Alguien lleva entrando en mi casa tres días seguidos, y lo único que hacen es pintarme la guitarra. No quieren dinero ni tampoco objetos de valor.

Antes de que pudiera terminar la frase, dos policías lo cogieron por detrás y le pusieron las esposas. A la media hora de la detención el teléfono de la Luthier sonó.

-¿Si? -contestó ella.

-Le llamamos de la comisaría de Policía. No tiene por qué preocuparse más. El tal John no volverá a molestar más.

Sobresaltada y perpleja no supo que contestar.

-¿pasa algo? Si quiere puedo devolverle el dinero. -dijo con miedo.

-No es nada de eso. Este hombre sufre un trastorno de doble personalidad. Su mujer falleció hacia diez años mientras hacían el amor. Un paro cardíaco. No se pudo hacer nada. Desde entonces John recuerda frases de aquella noche y las escribe en cualquier objeto que encuentra por las noches.

Fdo: Erik Amado.