Proliferan los hijos de puta, criados y entrenados bajo talleres sin licencia. Uno de tantos. A diario ingerimos sus textos como si fuera lo único que pueden alegrarnos la existencia. Estos seres adoctrinan consejos que nunca los ponen en práctica. Abro las redes sociales y emanan como plagas en forma de notificaciones, mensajes, etiquetas y publicaciones. Son los reyes del mambo. En todo consejo de oído fácil y de gatillo suelto existe un elemento con vida propia, que condiciona cada texto de mosquito muerto: el tiempo.

Da igual en que mes del calendario nacieras. El encantador de serpientes vino para quedarse, con una bolsa de esperma mecánico bajó del cielo y todos fuimos en fila india para bendecirlo. Abiertos de piernas, cada uno de nosotros se arrodilló y él nos pudo acariciar la nuca. El truco le salió de puta madre. Con lágrimas en los ojos, balbuceamos al son de sus palabras:

-No más soledad, no más horas muertas, no habrán segundos envueltos en silencio.

Y desde entonces nadie tuvo tiempo para nadie. El estrangulador del tiempo repartió las 24 horas del día en texto plano. Archivo e imprimir. El monstruo se transformó en una hoja de calco y llamó a su creación rutina. A ninguno le dolió. Bajo un éxtasis brutal optamos por abrir las bocas e ingerir toda pastilla que iba cayendo del cielo. Nacieron tumbas gemelas y se multiplicaron por millones. Nada se supo de aquellos pactos sin presupuesto, ni se volvieron a registrar las horas en las que nunca figuraban como trueque. El hombre y la mujer dejaron de tener palabra y quedaron empalados en las saetas de un reloj. Nos enseñaron a poner en hora a nuestras vidas y a tenerla a buen recaudo, dejando constancia y proclamando un auto-engaño que sería la columna vertebral de nuestra felicidad. Perdón… supuesta felicidad.

Ya nadie se sienta a escuchar los consejos de la abuela, ni se echará en falta las cenas en familia con apagones de luz, teniendo como único foco el de unas velas. Aquellos niños eufóricos que esperaban que sonase el timbre para contar historias de miedo… fueron ejecutados. Niño… pum!, niño… pum!, niño… pum!!

-He! espera cabrón, ese todavía juega a las canicas!!

-Calla idiota… Pum!

Ya nadie disfrutará de las pajas mentales en aquellos bancos, sentado y sin saber a la hora exacta que llegará su primer beso, su primera mamada, su primer polvo.

-Dios mío, nieto! Yo disfrutaba en silencio la media hora después de haber follado con tu abuela. Vivís tan deprisa que ni los actos ni las experiencias van a serviros como anécdotas para vuestros hijos. No os hacen ni mella. ¿Cómo explicarte lo que vi en aquel bautizo?

-¿El que, abuelo?

-Tu madre, tu padre, tus hermanos, los tíos… todos… disparaban ráfagas con las cámaras de fotografiar, pero no vi a nadie llorar por ver a un nuevo miembro de la familia, un niño sano y precioso. Aquello parecía un ritual maldecido. Me aterraba pensar que las miles de fotos tomadas sólo servirían para hacer una criba posteriormente, y votar a consenso cual sería la elegida que adornaría la lápida.

-Abuelo me estás dando miedo.

-Hijo. No hay nada que de más terror en este mundo que no acordarse de nada. El Alzheimer o cualquier trastorno mental. ¿Sabes cual es para mi el mejor momento del día? -subió de tono el anciano.

-¿Cuál? -dijo el niño.

-Cuando me siento en esta silla. Tu abuela me la regaló. Y en ese baúl donde estás sentado guardo cientos de objetos. Todavía conservan el olor. ¿Qué guardaréis vosotros a lo largo de vuestras vidas, si vivís demasiado deprisa? A día de hoy sigo disfrutando de las colas en el supermercado. El otro día vi a una pareja jugar con su hijo, sin cables ni chismes con botones. Me hicieron llorar de emoción. El carnicero me preguntó que por qué lloraba. Yo le dije que no hay ser humano hoy en día que valore su tiempo.

-Entiendo abuelo. -dijo el niño.

– ¿Sabes como le llamo yo a los teléfonos móviles?

-No. -suspiró el joven.

-Atrapa-sueños. ¿Y a l reloj? -dijo el abuelo con sonrisa pícara.

-Dime.

-Estrangulador del tiempo.

Fdo: Erick Amado.