Últimamente pienso como un alcohólico y bebo como un borracho “de placenta”. A veces me acuerdo de mis ex-parejas y otras veces de ti. En este instante vendería mis miedos en Wallapop y Milanuncios. No busco ganancias, cómpralos si tienes huevos.

A veces lloré cuando veía tu perfume en el escaparate de aquella droguería, esa misma que observábamos con las manos entrelazadas mientras jurábamos que no dudaríamos mucho tiempo. Ya no está. Algún hombre sacó un billete de 50 euros y con el cambio se llenó los bolsillos, o la bragueta. Que sea feliz. Quizá por eso la mejor opción sea, que castigue mi olfato con cada borrachera de fin de semana, o con alcohol 96º, así no podré reconocerte entre tanta mujer. Ya no me dan miedo las multitudes.

A veces pienso si fue mi sinceridad severa lo que te alejó de mí, y créeme que me encanta jugar a quererte a la vez que mirabas el móvil cuando follábamos a cuatro patas. Desde entonces sufro pánico a las pantallas retroiluminadas. Qué más da. Sustituyo la frase felación al falo esbelto por mamada de una princesa hambrienta a un ser hambriento. Automáticamente me quito de un plumazo a los mojabragas actuales.

Mi conciencia me pregunta por qué eliminé tu número de mi móvil. Eso mismo pregunto yo, si hace años que lo memoricé. Ahora lo veo en cada matrícula de un automóvil, en el cronómetro de la habitación de una Scort, dentro del código de barras de una caja de condones, impreso en el gordo de la lotería de navidad, en el prospecto del Prozac, en mi reloj. Es un número que toda la gente conoce aunque no haya hecho falta que llamaran nunca. Suerte de aquel que nunca lo necesitará.

Es un buen número. Fácil de recordar. Llamo por las noches y nunca oigo tu voz. Si las de otras.

-Hola buenas noches, pregunto por Andrómeda.

-¿Es una contraseña, ocurre algo? Lleva llamando tres días seguidos. Ya conoce el protocolo, si sigue llamando tendré que llamar a la policía directamente y rastrear la llamada. Lo siento, le he dicho mil veces que… piiii piiii piiii piiii piiii piiii.

Como explicarle a esta mujer con tan pocas palabras. Parece enfermiza; la historia y mi mente. Hace cosa de un año que fui a la compañía telefónica para cambiarme de número; deseaba que los tres últimos dígitos coincidieran con su número de teléfono. Me tomaron por idiota. Si soy yo el de que está detrás del mostrador saco una puta escopeta. Las claves de banco también las hice coincidir. Auto-engaño de que así sería más fácil de recordar. Nadie me mando un correo electrónico diciendo “por favor, cambie su contraseña para más seguridad”.

Andrómeda y yo nos conocimos así. Nuestras voces se entrelazaron como dos niños apunto de pedirse matrimonio en el colegio. Cojonudo esto, ¿he? Dulce pero morboso.

-No cuelgues por favor, acabas de salvarme la vida. No sabes cuanto te lo agradezco. De corazón. Me gustaría invitarte a un café. ¿Puede ser?

-Siii. No se como decirte esto, pero estoy llorando de alegría. El haber salvado a alguien de una situación así… nunca me había ocurrido.

La motocicleta con la que iba aquella tarde empezó a hacer eses. Cuando desperté tenía el pecho lleno de sangre. No me quité el casco. Miraba por el rabillo del ojo y la mitad de la visera era de color granate. Como pude metí dos dedos en el bolsillo y saqué el teléfono. Juro que me pegué más de 2 minutos hasta que conseguí llamar. No pude desbloquearlo nunca. Llamé. Pude escuchar tu voz.

-062 dígame?

-Acabo de tener un accidente con una motocicleta. Llevo el pecho lleno de sangre. No quiero moverme por si he sufrido lesiones. Por favor ayúdeme. La temperatura es de unos 14 grados bajo cero. No sé si podré aguantar más sin congelarme.

A veces pienso si era yo el que no podía responder a tus preguntas, o eras tú la que no querías que fueran contestadas. Esta noche tampoco puedo. ¿Cuántas copas me he bebido? Si no tienes mucha prisa, el lunes te lo diré. A lo mejor es la misma cantidad que tu número de teléfono. ¿Te suena esa cifra?

Fdo: Erick Amado.