Aquella tarde de noviembre llovía y la emoción inundó nuestros estómagos. ¿Os acordáis de todos los besos que habéis dado? Claro que no. La única memoria que ha quedado ocupada es por el recuerdo del primer beso. Abrazados cual despedida en un campo de concentración apunto de ser abatidos caminamos los últimos metros en línea recta. Las gotas de lluvia aliviaban nuestras nucas. Sonó el portón de madera y los pies asomaron de repente.

-Buenos días, ¿En qué os puedo ayudar?Blog actual - Historia. Como anillo al dedo.

Las dos parejas de pupilas se miraban fijamente. Nuestras lágrimas intentaban calzar las pestañas caídas. Fueron por unos segundos la cuña que sostenía la balanza. Alegría y esperanza al mismo tiempo. Dimos un paso hacia delante y sin dejar de guiñar pensamientos, omitimos responder. Algo nos hizo cambiar de opinión.

-Enseguida volvemos, necesitamos ir al baño.

-Entiendo, adelante.

Un par de sonrisas hicieron de teloneras. Acudimos al pasillo del excusado con las manos juntas. Entrelazas. Detuvimos los relojes para pensar en que lugar cometeríamos el asesinato.

-Nene, ¿al de hombres o al de mujeres?

Sonreí como un cabrón y le cogí de la cintura. Felicidad pura. Teníamos tantas ganas de reírnos el uno del otro que aquellas lágrimas no llegaban a caer al suelo. Eran gotas saladas que no sabían suicidarse. Conforme se asomaban por las pestañas caían a plomo sobre la boca. Esto no llegaba a saciar la sed. Ella se quitó las gafas de la cabeza y las tiró al suelo. Con mis fuertes brazos levanté todo el cuerpo. Me dio tiempo para pensar si izquierda o derecha, así que a horcajadas de mi y en volandas entramos de una patada al de las damas. Me importaba una puta mierda si allí había gente. Los ecos de nuestras carcajadas arroparon el habitáculo. Sus dedos empezaron a deslizarse sobre mi pantalón. Tiró de la anilla del cinturón como si fuese una granada de mano. Cayó al suelo. Miss mujer dio un ultimátum, “sonrío pero no doblego hijo de puta, lo quiero todo”. Antes de que se bajara aquella falda degusté a sangre fría el magreo de su culo. Mi libido quedó drogada desde el primer momento. Las yemas tenían sed de carne. Carne de verdad. Mujer de oro.

La guerra entre las lenguas derretía la timidez y al morbo de ser pillados a bocajarro. Seguramente si hubiese entrado un pajillero prematuro hubiera salido con la polla a trozos y sin haber llegado a su plena erección. Azotaba el aire en todas las ventanas y los golpes se mezclaban con los berrinches de unos niños cuando le quitan sus juguetes. Juguetes que formaban parte un homicidio premeditado. Brutal. Si ella chillaba solo con los lengüetazos en su boca, yo continuaba la partitura. Matamos a Mozart ostia! Ni sostenidos ni pollas. Los dos a punto de sentir humedad entre las piernas, o lo que es lo mismo, unos preliminares sin disfraz alguno. Te quiero y me quieres, por lo tanto follamos como jodidos salvajes y punto.

Desgarré un trozo de sus bragas pero nunca tocaron el suelo. Gravedad cero. Sin dejar de mirarme  metió dos dedos en su boca y los pintó de saliva. Salpicó en su escote y su cara se iluminó por el reflejo del sol. No dejó de sonreír mientras lo hacía. Noté algo fresco entre mis piernas. Quise saber que era ese tacto. No pude. Los labios húmedos y su lengua se abalanzaron sobre mi boca. Asesinato cometido. Entró de golpe y tan siquiera me dio los buenos días. Empujó tan fuerte que hubieron momentos en los que pensé que me atravesaban a mi y no yo a ella. No sabría decir cuántos relojes de arena hicieron falta hasta terminar. ¿Arena? No. Trozos de papel. Trozos de un papel que quedó hecho añicos.

Salimos de aquel WC sin pestañear. Sin acomodarnos aún sobre nuestras rodillas. El pelo hecho una mierda pero las ideas claras. Los mismos andares que en aquella película el bueno el feo y el malo. Sosteniendo un bolígrafo que ella sacó del bolso, nos dirigimos hacía la persona adecuada que, por su forma de mirar, quiso nacer otra vez y vivir en primera persona lo que se supone que había escuchado. Deslizó el papel sobre la mesa. Estuvo como treinta segundos colocándolo a la misma altura que las aristas. Vamos a llamarle el asustado perfeccionista. Le quité el sombrero a la máquina de escribir de mano. Una última mirada antes asesinar aquel trozo de papel. Ella seguía sonriendo. A los dos segundos después terminó todo. Afiladas líneas dibujaron la firma de ella. Después solo tuvimos tiempo de amenazar con las pupilas al tipo que teníamos enfrente. Una amenaza perturbadora. Volver a escuchar un polvo en toda regla.

Después de romper el papel en el que firmamos la separación del matrimonio, lo doblé seis veces por su mitad y acabó en la papelera hecho trozos de papel. Aquella tarde supimos que éramos el uno para el otro, con la condición de que no existen condiciones, y que un papel no haría que el deseo, el morbo y lo que rodea a un matrimonio consiguiera apagar la llama del deseo.

Fdo: Erick Amado.